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ESPECIAL / Una reflexión en torno al 24 de marzo y nuestra responsabilidad

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(Sábado 24 de marzo de 2018) Se trataba de un sistemático intento de penetrar capilarmente en la sociedad para, con su larga mano, implantar el orden y la autoridad, ambos calcados radicalmente de la visión autoritaria, vertical y paternalista con que el propio gobierno se concebía a sí mismo.

Este intento, como la particular destructividad de la economía nacional, es lo que acerca a la Argentina a Chile y Uruguay contemporáneos, y lo que distingue nuestro pasado cercano de autoritarismos mas mitigados, como el de Brasil e incluso el del ‘68 de la Argentina.
Todo el cuerpo social, aún en sus tejidos más microscópicos, se infectó por el temor a otra versión, la subversión. El “caos” la “subversión” y la “disolución de la autoridad” no sólo ocurrieron en la política si no que, según ellos, se habían infiltrado en toda la sociedad, apuntado a “reorganizar” la sociedad en forma tal que quedara garantizada para siempre una meta central, que nunca más se subvirtiera la autoridad. La de aquellos que, a imagen y semejanza de los grandes mandones del régimen, tenían en cada micro contexto el derecho y la obligación de mandar... Si desde el aparato estatal se nos despojó de nuestra condición de ciudadanía y se nos quiso reducir por los mecanismos del mercado a la condición de obedientes y despolitizadas hormigas en los contextos cotidianos, se intentaba llevar a cabo una similar obra de sometimiento e infantilización; los que tenían “derecho a mandar” lo efectivizaban despóticamente en la escuela, en el lugar de trabajo, en la familia y en la calle. Los que tenían el “deber de obedecer” lo debían hacer mansa y calladamente, uniformados en la aceptación de que aún el mando más despótico estaba hecho igual que el del estado, para “el bien” de los que sí obedecían. Porque si no era así, no se podría separar el trigo de los mansos, de la cizaña de los subversivos. Y porque además había quedado fehacientemente demostrado que la insolencia de los “inferiores” solo llevaba al caos.
En las instituciones educativas se debía aprender pasivamente, era anatema preguntar, dudar y hasta reunirse. Se persiguió todo lo que no fuera la obediencia del sometido, incluso en la familia en parte porque ese pathos autoritario encontró ecos importantes, se imponía que muchos padres sintieran que “retomando el mando” podrían garantizar la despolitización de sus hijos y eso los salvarían del fatal destino que tuvieron otros tantos jóvenes. Pero no bastaba y no hubiera bastado jamás con los militares y funcionarios de ese gobierno de facto, ni con su fenomenal pathos autoritario, llegar a controlar tan capilar, prolija y detalladamente a tantos contemporáneos. Para que eso ocurriera hubo una sociedad que se patrulló así misma: muchas personas, que con seguridad no fueron pocas, y sin más necesidad que porque querían o les parecía bien y aceptaban el régimen, se ocuparon también activa y celosamente de ejercer su propio autoritarismo. Ellos kapos a los que asumiendo los valores de su agresor, muchas veces los vimos todavía más allá de lo que el régimen les demandaba. Debemos reconocer que no hubo sólo un gobierno brutalmente despótico sino también una sociedad que durante esos años fue mucho más autoritaria y represiva que nunca. Al igual que con los muertos y los desaparecidos, estos horrores solo pueden ser ignorados pagando el precio de toda negación, no poder mirarnos en el espejo de lo que somos y de ese modo fugarnos de la posibilidad dolorosa, pero creativa, de reformular identidades y valores que eviten la repetición de nuestros lados más destructivos.
Hubo una implantación de un autoritarismo despiadado en la política que soltaba los lobos en la sociedad, no era sólo lo que el gobierno de facto expresamente incitaba sino también el permiso que daba para que muchos ejercieran sus mini despotismos frente a trabajadores, estudiantes y toda otra clase de “subordinados”. Los que no quisieron ejercer ese tipo de poder aprendieron, por la elocuencia brutal de la inversión, lo que significaba la ausencia de un contexto general razonablemente democrático, quedar a merced de los lobos y sin ningún derecho. Y si alguno contrariado quedaba, no tenía ante quien recurrir para hacerlo valer. Una sociedad puntada de delatores -kapos- en sus contextos y el patrullaje de comportamiento donde muchos hicieron de “voluntarios” en lugares públicos; algunos lo asumieron como propio y otros lo sufrieron en rabioso silencio. Y la sombra de esa terrible frase, “algo habrán hecho” -que tantas veces se dijo y se dice aun en nuestros tiempos-; ecos todos estos de cosas que uno se permite creer hasta que llega a confrontarlas y que solo ocurren en otra parte del mundo... Tampoco se trata de que aquellos delatores –kapos- y esos negadores con la apasionada sinceridad de quien necesita en el inconsciente no haber tenido nada que ver con lo que ya nadie puede defender, hoy suman sus furias contra el régimen por el desastre económico, por Malvinas y por la corrupción de los militares como si sólo eso hubiera ocurrido. Además, se trata de la persistencia de patrones con extremado autoritarismo en nuestros micro contextos de la actitud mandona y omnipotente; en mucho de ellos se conserva la fuerte intolerancia, subsiste respecto de la vestimenta, la sexualidad y los gustos ajenos, hasta la negación del derecho de preguntar, exigiendo siempre una razonable argumentación al aplicar el sentido de las ordenes del “superior”.
Tras los años de gran movilización e hiper politización de la juventud y sociedad en general de los años 60 y 70, muchos estuvieron predispuestos a lo que la represión y la propaganda post 1976 buscó: un fuerte viraje hacia la privatización de las vidas y una generalizada aspiración de la incertidumbre de lo cotidiano. Se habían propuesto el divorcio de la política y la sociedad viviendo en un estado de autismo totalmente aletargado.
Hay otro gran factor por analizar y es el grado en que las concepciones y los patrones de autoridad cotidianos calaron hondo en nuestra sociedad argentina a lo largo de la historia en los actores políticos como en grandes agregados sociales, generando un reiterado fracaso en el esfuerzo por lograr formas más democráticas de integración, pensamiento, vida y política. En definitiva, en el constante fracaso de articular formas más democráticas y humanas de la vida en sociedad.
Las relaciones sociales, los patrones de autoridad en diversos contextos y hasta los criterios de percepción y evaluación de ese “otro” que no es como yo, persiste en la postura autoritaria e intolerante en nuestro país, para lo cual contribuyeron también el moralismo puritano e hipócrita de la derecha y muchas veces también de la izquierda. La siempre renaciente relación maniquea y paranoide de nuestra historia, de sus fracasos, del racismo de algunos no sólo en el antisemitismo sino también en el arrogante mito del país blanco y europeo frente a una América latina india y mulata. La fenomenal represión acorde a “costumbres” e “identidades sexuales”, la interacción entre una autoridad educacional represiva e infantilizante, por un lado, y rebeliones de rabia anónima por el otro; la reproducción de un modelo duramente patriarcal de organización familiar. En fin, la repetición del gesto duro que pone, por las dudas, barreras a una actitud cooperativa y se respalda en la presunción de que solo los tontos pueden pensar más allá de su persona, de un grupo o del segmento social al que pertenecen. La difundida presencia de estos signos marca lo que tal vez sea la más cruel paradoja de nuestra historia y, a la vez, el más importante enigma para descifrar en este nuevo intento de construir una democracia en la Argentina , el curso seguido por un país que logró un alto grado de igualitarismo social pero que fracasó repetidamente en encuadrar esos logros en prácticas y valores que establecieran planos de generalización de identidades e intereses sobre la base de los cuales se pudieran haber elaborado visiones razonablemente compatibles del orden social. Al contrario, cada fracaso parece haber producido un aprendizaje perverso que a su vez fue haciendo cada vez más catastrófico el siguiente fracaso.
El saldo de lo catastrófico incluye ese lado de esperanza que puede sentirse no solo en el colapso del régimen y en la condena ahora casi unánime de los horrores cometidos, sino más aun que nunca hubo en la Argentina tantas voces tan sinceras que proponen la conquista de la democracia que se nos ha escapado en tantos meandros de la historia. Pero para ello, para que ese camino se recorra dejando jalones de los eternos mandones no puedan arrancar y para que con la siguiente democratización del poder se pueda gobernar haciendo pagar esta vieja crisis a los que en demasía y desde hace demasiado tiempo se vienen aprovechando de ella. Podemos fugarnos una vez más colocando en ellos toda la responsabilidad de lo que ocurrió y de lo que ahora hay que hacer. Nada podrá jamás eximir al régimen de 1976 y sus personeros de lo que hicieron, y también porque hoy es claro que corresponde a la clase política la responsabilidad principal de navegar los remolinos que aún faltan hasta la inauguración de un gobierno electo verdaderamente en democracia.
Somos, últimamente más aún, una sociedad en exceso autoritaria, antagónica, intolerante, plena de mini despotismos y, en particular, propensa a explicaciones paranoides de nuestros infortunios….
Ojalá podamos reconocer los autoritarios en nuestra sociedad porque aún están con nosotros, solo que tienen manto de cordero. 1976 no solo se produjo por las fuerzas armadas, hubo también una sociedad delatora que acompaño el terrorismo de estado. Ojalá estas palabras nos sirvan para saber qué es el 24 de marzo.-
Prof. Ana Clara Picco Lambert.

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